NI SANTA, NI PUTA.

¡Qué mensaje tan fuerte, tan poderoso!

Desde que lo leí por primera vez supe que haría parte de mi historia. Quería compartirlo —ahora era también mío— pero quería hacerlo de una forma personal, tan personal como es escribirlo sobre mi propia piel.

Controversial.

Duro.

Ácido.

Honesto.

Muy mío.

Muy de todas.

Muy de todos.

A lo largo de mi vida he hecho activismo de varias formas: niños, animales, habitantes de calle (durante 10 años, toda una década), pero es la primera vez que nace en mí la necesidad de hablar de género. ¿Hablas de género?, ¿de etiquetas? Sí. Las que nos han puesto algunos hombres, las que nos han puesto también algunas mujeres e, inclusive, las que algunas veces nos hemos puesto nosotras mismas.

«Ni santa, ni puta»: se trata de una lucha contra las etiquetas. No una lucha contra los hombres, ni contra las mujeres, es una lucha contra las etiquetas, las de género, mi género. Hoy nace en mí la profunda necesidad de decir que no soy una cosa, ni la otra. Soy simplemente mujer. Las mujeres no podemos, ni queremos, ser reducidas a arquetipos. El trabajar con fundaciones no me hace una santa. La sorpresa sobra, entonces, cuando al emberracarme la categoría no me cabe. Ni soy en, ningún sentido, una “puta” sexy que sorprende al hablar de voluntariado y se sale así de la categoría.

Entonces la pregunta es: ¿Qué soy? ¿Soy las dos cosas o no soy ninguna? 

¿Saben qué soy? Soy Karen. Muy sencilla y muy profunda es la respuesta. Soy con todo lo que soy. Soy mujer, pero soy más que mujer, soy ser. Soy dulce, soy ácida, soy noble, soy orgullosa, soy perseverante, soy inconstante, soy recatada, soy sensual, soy débil, soy fuerte, soy niña, soy adulta, soy bonita, soy fea, soy activista, soy pasiva, soy extraordinaria, soy normal, soy blanca, soy negra, soy independiente, soy dependiente, soy santa, soy puta, soy tantas cosas y no soy ninguna. 

¡Soy solo yo! Soy gris y eso es más que suficiente.

En un mundo que creemos tan moderno, aún nos caemos bajo el peso de las etiquetas que cargamos. Caminamos pesados con lo que la sociedad, la familia, los amigos esperan y no esperan de nosotras: esperan que te cases a cierta edad, esperan que tengas hijos a cierta edad, esperan que jamás tengas la iniciativa para tocar «esos» temas con tu pareja, esperan que no te quejes de lo que te molesta, esperan que seas la novia perfecta, esperan y esperan… 

Esperan que seas perfecta.

No soy perfecta, y como diría mi amiga Claudia Delgado: “las mujeres necesitamos ser felizmente imperfectas.” Entonces, ¿qué pasa si lo que esperan los demás no sucede?  ¿Y si tú misma lo esperabas y no sucede? ¿Está mal? ¿Hay algo mal contigo? 

Hoy comparto con muchas mujeres el sentimiento de querer enviar a la porra las etiquetas, y todo lo demás que se espera de nosotras, y de ser solo yo misma. Pero resulta que ser nosotras mismas es controversial. Y la controversia siempre es útil. 

Ayer publiqué la imagen, esa que tanto quería, con la espalda desnuda y el poderoso mensaje pintado sobre mi piel: NI SANTA, NI PUTA. ¡Quería mandar un mensaje que pareciera un grito! Y a pesar de tener toda la valentía presente en mi piel, el miedo seguía asechando. Seguía allí el miedo al qué dirán.

Me pregunté:

¿Qué pensarán los hombres de mi familia?

¿Qué pensará mi papá? 

¿Qué pensará mi novio?

¿Qué pensará mi jefe y los hombres con los que trabajo?

¿Qué pensarán mis amigos en redes sociales?

¿Qué pensarán otras mujeres?

La necesidad de enviar el grito en la foto ganó y subí la imagen. Rápidamente la imagen tuvo varios likes, principalmente de mujeres, pero un mensaje, publicado por un hombre, iniciaba con la palabra “patético”, y continuaba con palabras como feminismo y aberración. Insinuó que yo estaba apoyando al aborto, que los hombres y las mujeres éramos diferentes y que “cada lechón mama de su propia teta.” Tanto estaba convencido de que mi fotografía degrada a la mujer.

La sangre me hirvió.

Yo respondí, tratando de mantenerme en calma, pero me costó mucho esfuerzo. Me hirió, aun sabiendo que me iba a herir. Desde antes de publicar la imagen sabía que esto iba a pasar, pensé estar preparada, pero aún así me hirió. A pesar de que intenté responder de manera asertiva, volví a recibir una respuesta que me hirió de nuevo, esta vez etiquetaba la foto de vulgar. No aguanté y borré sus dos comentarios y el mío, tan solo verlos ahí me dolía. Ahora que lo pienso mejor se que debí dejarlos, porque ellos dieron paso a la reflexión que les quiero compartir para que también ustedes se planteen las mismas preguntas:

¿Es vulgar mostrar la espalda?

He mostrado mi espalda en múltiples ocasiones, especialmente en la playa de vacaciones: ¿acaso el centímetro de tela horizontal del vestido de baño hace la diferencia? 

¿Y si la espalda fuera de una mujer desconocida en una revista sería mejor?

¿Es porque es la mía?

¿Reconocieron que era mi espalda?

¿Y los muchos otros que no me reconocieron?

¿Cuando es personal es diferente?

¿Estoy hiriendo o lastimando a alguien con esta imagen?

¿Estoy defendiendo a alguien?

¿Y si la espalda fuera de un hombre? 

¿Está mal escribir la palabra “puta”?

¿Decir que no soy “santa” está mal?

¿Decir que no soy “puta” está mal?

¿Cuantas veces has dicho tú esta semana “hijo de puta”?

¿Es normal decirlo para ti, pero no es normal que yo lo evidencie?

¿Qué relación tiene esto con el aborto?

Yo estoy en contra del aborto, ¿por qué alguien cree que esta imagen tiene relación con que yo defienda el aborto?

¿La imagen es feminista?

¿El feminismo es malo?

¿El feminismo es una aberración?

¿La gente cree que el feminismo defiende el aborto?

¿Será que muchos no saben que es el feminismo?

Ni siquiera yo se si soy feminista, ¿alguien sabe antes que yo si soy o no feminista? 

¿Defender la mujer me hace feminista?

Y si no soy feminista, ¿qué?

Y si soy feminista, ¿qué?

Y si hoy me dolió el género, ¿qué?

¿Qué significa el dicho “cada lechón en su teta»? (de verdad, ¿qué significa?). ¿Debo mamar de otra teta?

¿Significa que soy diferente?

¿Será que la gente cree que quiero ser como un hombre?

No quiero ser como un hombre, pero ¿está mal desear tener los mismos derechos?

¿Los valores de los hombres y las mujeres son diferentes?

¿Esta imagen dice que no tengo valores?

O por el contrario, ¿dice que sí los tengo?

¿Cómo mide alguien los valores del otro?

¿Qué me hace una buena persona?

Mis respuestas a estas preguntas no importan, importan más las que usted se responda a sí mismo. Porque yo se quién soy, soy Karen, ni negra, ni blanca, ¡soy de mil colores! ¡Felizmente imperfecta!

AUTOR
Karen Manrique Aristizábal 

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